20.3.08

186 Fleet Street

Deslumbrado. Reconozco que el cine de Tim Burton me gusta, especialmente sus historias góticas, pero ayer fui a ver Sweeney Todd. El barbero diabólico de la calle Fleet, y todas mis expectativas fueron confirmadas. El argumento, folletinesco y decimonónico, dickensiano, es magistralmente desarrollado con un ritmo muy vivo, que te lleva sin darte cuenta hacia el desenlace exacto. Los decorados, la iluminación, el vestuario... todo está medido al milímetro, como una buena pieza de relojería. La música no impide la evolución de la historia, como sucede en algún musical, sino que es la que nos lleva de aquí allá (excelentes los duetos o la canción de las navajas).
Los actores... no encuentro adjetivos. Depp, medido en su histrionismo habitual, crea un personaje terrible y obsesionado que, como un héroe trágico, muere por su propio pecado; Bonham-Carter, alucinante en su vestuario y maquillaje, compone una sombra cruel, muy semejante a la "novia" de Frankenstein en la película homónima (con un final semejante también), y se consagra como heroína gótica; además, canta excelentemente. Los secundarios: divertidísimo el breve papel de Sacha Baron Cohen como el falso barbero italiano Alfredo Pirelli; provoca carcajadas en sus pocas intervenciones; Alan Rickmann suele bordar estos papeles de malvado que tan a menudo le tocan; Timothy Spall, el alguacil, como siempre crea personajes extraños muy elaborados y complejos.
La sangre es abundante a partir de un momento determinado, pero, salvo para los muy impresionables, no impide el disfrute de la película.
Y todo cantando. Me suelen gustar los musicales clásicos, en los que casi no te enteras de que son musicales, y éste tiene esa categoría.
Genial. Un esperpento gótico-dickensiano.

Etiquetas: ,

19.3.08

Ödön von Horváth


Hijo de un padre húngaro-croata y de una madre checoalemana, Horváth es un emblema de lo que quiso ser la monarquía danubiana de los Habsburgo. En su infancia vivió en Belgrado, Budapest, Bratislava, Viena, Múnich...; acabó, como tantos otros escritores austriacos, en la Alemania de Weimar, donde encontró público y éxito, pero tuvo que huir de los nazis, primero a Austria, luego a París, donde murió por el golpe de una rama de árbol un día de tormenta.
Fue sobre todo un dramaturgo, y ahora Cátedra nos presenta dos de sus obra, Historia de los bosques de Viena, y El divorcio de Fígaro. La primera es un Volksstück, como si dijéramos un sainete con ribetes esperpénticos (en palabras del editor, Miguel Ángel Vega), con unos elementos de vodevil y otros folletinescos; hay que leerlo simplemente para saber algo del teatro vienés. Me ha llamado más la atención la segunda, que retoma a Fígaro tras las dos obras de Beaumarchais, trasladándolo al presente del autor para hablar de dos temas tan actuales: la revolución y el exilio. El dolor del exiliado, la imposibilidad de ser alguien en tierra ajena, que tan bien conoció, y la crítica feroz a las revoluciones son la base de un texto con concesiones al público en la historia amorosa que proporciona un final feliz a la obra.
De todas formas, si Horváth me parece un autor interesante es más por las dos novelas publicadas en español, Juventud sin Dios y Un hijo de nuestro tiempo, ambas en Espasa (Austral), publicadas en el exilio, en las que muestra amargamente los fundamentos de odio del régimen nazi; en la primera, a través de un maestro que se enfrenta a una juventud despiadada, sin ningún valor moral; en la segunda, por medio de un joven que se alista en el ejército. La frase breve, la expresión cortante, el uso de algunas metáforas hacen que Horváth sea un buen representante de la prosa alemana del momento, y uno de los grandes de su lengua.

Etiquetas:

8.3.08

Viajando con Joseph Roth

Siempre se vuelve a hablar de los viejos amigos, y, en ocasiones, se viaja con ellos. Joseph Roth, si habéis leído alguna vez este blogs, es un de mis más antiguos amigos: ya no recuerdo cuándo lo descubrí en las viejas ediciones de la antigua Bruguera. Lo he ido persiguiendo de editorial en editorial, por librerías de viejo en diferentes ciudades y páginas web, y por diferentes idiomas. Leerlo es un placer estético e intelectual; releerlo hace que echemos en falta algunas traducciones.
Afortunadamente, dos editoriales, Acantilado y Minúscula, a las que tanto debemos los admiradores de la literatura centroeuropea, llevan a las librerías los textos de este clásico del siglo XX, hasta ahora descatalogados o difíciles de encontrar. En poco tiempo, la primera ha publicado La rebelión, una novela sobre la rebeldía de un mutilado de la Primera Guerra Mundial, y Judíos errantes, un ensayo que muestra la situación de los judíos del Este en la Europa de los años 20 y 30. Por su parte, Minúscula está editando las crónicas de viaje del autor; ya lo hizo con su viaje francés, Las ciudades blancas; luego, las Crónicas berlinesas; ahora, el Viaje a Rusia, con textos de su diario y una conferencia sobre el tema.
En estos textos encontraremos los temas de siempre: el mundo perdido con la guerra y la crisis posterior a ella, el ansia de humanidad para los desfavorecidos (los judíos en este caso), y la esperanza en un mundo mejor, que en su momento pareció ser la Rusia revolucionaria, de la que se desencantó rápidamente. Roth es un humanista que busca una salida a un mundo que se ha vuelto muy complicado, que quiere entender pero no llega a hacerlo.
Fue uno de los pocos periodistas que consiguieron ser grandes narradores, o al revés, porque siempre buscó ser un artista de la palabra, además de intentar remover nuestras conciencias burguesas.
Y, ya que lo nombro como periodista, comentaré que en la red he encontrado cuatro textos traducidos, dos de los cuales no han sido publicados (Abril y El jefe de estación Fallmerayer), y la totalidad de sus artículos, más de 5.000 páginas, en alemán (en alguna otra vida tendré que aprender alemán). Si alguien quiere leerlos, puede poner en los comentarios su correo electrónico y se los mandaré gustosamente.

Etiquetas: , , ,

5.3.08

Willi Münzenberg

Willi Münzenberg, un desconocido para la mayoría, prácticamente olvidado para la Historia, fue, para muchos, el creador de la moderna propaganda. Joven socialista en Alemania y Suiza, donde se refugió durante la Primera Guerra Mundial, creó las Juventudes Socialistas; deslumbrado por el conocimiento de Lenin y Trotsky, acabó convirtiéndose en un revolucionario "profesional". Participó en la fundación del KPD (Partido comunista alemán) y de la Komintern (Internacional Comunista). Lenin le encargó la dirección de la Ayuda Internacional Obrera (o Socorro Rojo Internacional, según la traducción), desde la que recaudó dinero y alimentos para combatir la hambruna en la Rusia Soviética en 1921. Desde la AIO, creó un conjunto de empresas (periódicos, productoras y distribuidoras de cine...) , el llamado por sus enemigos "trust Münzenberg", desde las que organizó campañasantiimperialistas y a favor de la paz, aunque su objetivo era captar a intelectuales y famosos occidentales para que simpatizasen y apoyasen a la Unión Soviética.
Diputado en el Reichstag, y obediente a Stalin a pesar de sus diferencias, la llegada del nazismo al poder le sorprendió, como a todos los comunistas, que creían que estaba más próxima la revolución marxista que la fascista. Huyó a Francia, donde siguió llevando a cabo su trabajo; uno de sus mayores éxitos fue la creación del Libro Pardo, donde se culpabilizaba a los nazis del incendio del Reichstag y se difundían los terrores del Tercer Reich, y su defensa de los acusados de provocar el incendio, a través de un contraproceso en Londres.
Enfrentado abiertamente a Stalin desde 1939, repudiado por sus antiguos camaradas, fue, como todos los residentes alemanes, internado en un campo por las autoridades francesas ante el ataque nazi. Con la debacle, fue liberado y huyó, pero fue encontrado meses más tarde, ahorcado en un árbol en mitad del monte. Nadie sabe cómo murió, pero se sospecha de una orden directa del dictador soviético.
Conocí su vida por primera vez en Sefarad, de Antonio Muñoz Molina, y volví a encontrarlo en las memorias de Arthur Koestler y en tantos libros sobre el exilio alemán durante el Tercer Reich. Ahora, la editorial Ikusager nos presenta Willi Münzenberg. Una biografía política, escrito por su viuda Babette Gross, libro muy interesante que engancha, y que puede leerse como una historia de la izquierda europea en los primeros años del siglo XX. Quizás la autora no profundiza en algunos aspectos, ni ve elementos negativos en ningún momento, y eso hace que la obra tenga un cierto tono de hagiografía.
Guiado por las notas bibliográficas de este libro, llegué al otro traducido al español sobre el personaje, El fin de la inocencia. Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales (Tusquets), de Stephen Koch, cuyo seductor título no tiene mucho que ver con el contenido, decepcionante para mí, que he tenido que dejarlo sin terminar porque creo que es un libro muy tendencioso. El autor, que se jacta de haber entrevistado a Babette Gross durante una semana, realiza un alegato contra todo lo que suene a revolución, sin entender qué significaba para muchas personas en el siglo pasado. En lo que he leído, poca biografía, casi toda sacada de Gross, desorden cronológico y manipulación de datos. Por ejemplo, señala que la campaña internacional a favor de Sacco y Vanzetti la organizó Münzenberg, pero que sólo tenía por finalidad realzar al PC americano, porque ya se sabía que los anarquistas italianos eran culpables. Quizá no supiera el señor Koch que en 1977 los EEUU reconocieron su error y los declararon inocentes.
Pero, claro, cuando todo es una campaña o complot antiamericano, como se da a entender en el libro, también lo son los Congresos mundiales contra el imperialismo y por la paz que organizó Münzenberg. Sí, fueron propaganda prosoviética y anticapitalista, no se puede negar, pero tampoco se puede decir que M., como todos los comunistas, quería la guerra; M. fue pacifista ya en su juventud durante la Primera Guerra Mundial.
En fin, dos anotaciones más de lo que he leído antes de que se me cayera el libro de las manos: "el pacto nazi-soviético precipitó la Segunda Guerra Mundial" (pág. 65); creo, con muchos, que lo que precipitó la guerra fue el Pacto de Múnich entre Alemania y las potencias occidentales que dejó a Checoslovaquia en manos nazis y alentó la creencia hitleriana de que nadie se le opondría. Igualmente, decir que la campaña de M. sobre el incendio del Reichstag se hizo para encubrir pactos nazi-soviéticos que no tendrían lugar hasta unos años más tarde, me parece una tontería. Aunque seguramente el equivocado soy yo.
En fin, me quedo con la imagen de Münzenberg que aparece en la obra de Koestler (que se convirtió en un feroz anticomunista, pero no dijo que M. fuera un espía soviético, como hace Koch), la del "millonario rojo", la del empresario comunista, siempre activo, buscando una nueva campaña propagandística para difundir sus ideas.

Etiquetas: